Justo Alonso lo sabía

El Lliure en pie. El de Gràcia. Los espectadores nos mirábamos, conscientes de haber vivido un momento teatral irrepetible. La gran Anna Lizaran nos había cautivado con su Lear extraordinario, en un montaje único de Ariel García Valdés, que también hizo la nueva dramaturgia de ese texto universal y sin tiempo, al que tan difícil resulta querer montarle inventos con éxito.

Pero allí estábamos, absortos y emocionados.

Fue entonces cuando le descubrí, a unas filas de distancia, aplaudiendo con la mirada fija en el escenario, concentrado en el instante, y giró su cabeza hacia mí, como si hubiera oído mi voz diciéndole: “qué bueno coincidir aquí contigo, qué enorme alegría me produce. Cuánto dice de ti tu presencia discreta en este  lugar hoy, precisamente, con este cartel”.
Justo Alonso, el productor por antonomasia de este país, me sonrió como diciéndome: “bienvenido al gran teatro”. Justo me había visto crecer. Fue mi primer productor teatral y era el hombre que lo conocía todo del teatro, pero al que toda la gente del teatro no conocía. No en toda su dimensión, al menos. Era un personaje vivo, contradictorio, arriesgado, generoso y pirata a la vez.

“Injusto Alonso” llegó a ser su sobrenombre entre los cómicos, siendo igualmente injusta esta simplificación tan española.

De ‘tertulia’ con Justo Alonso, Alfredo Matas, Andrés Kramer y Guillermo Marín. Archivo personal Pedro Mari Sánchez

Justo era hijo de una España de triquiñuela. Y una fantástica contradicción andante, como para mostrar al mundo -el de esta profesión y el de la intelectualité– que lo más lúcido e interesante de esos años de grisura se fraguaba con guiños lázaros, entre trucos que habían de sortear censura política y moral, escasez económica y negocio de puesto de mercado ambulante; nada de industria. Como tampoco lo es ahora.
Justo hizo tantas cosas… Aguantó con ‘La taberna fantástica’, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, un chaparrón de carencia de espectadores de proporciones inhumanas, hasta que, a fuerza de perseverar, aquello que siempre había creído, -que el espectáculo era una bomba y su protagonista, El Brujo, una figura singular-, se acabaría imponiendo a la falta de publicidad, las fechas, la sala (no comercial), y un largo etcétera.

La función se convirtió en un éxito clamoroso.

Justo tenía olfato. Sabía de teatro. Le gustaba el teatro. Amaba el teatro. Estas tres cosas que son imprescindibles para la vida del teatro, su gestión y promoción.

Los errores que se cometen desde la verdadera pasión y el riesgo son mil veces más fructíferos que la falta de vida, lo previsible, la apariencia de seriedad y la ausencia absoluta de amor por esta artesanía, que necesita, más que nunca de compromiso, talento, exigencia, conocimiento. Y Justo Alonso lo sabía.

 

El taller ‘La palabra mágica’ llega en julio a Mérida dentro de las actividades del Festival de Teatro Clásico